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Red Dead Redemption 2 y la conquista del Oeste.

Corría el ya lejano 18 de diciembre de 2018, era tarde y el final del otoño se juntaba con los albores del invierno. Como de rigor, llego a mi cita con unos minutos de antelación, mi «Wallapop» también ha llegado antes de tiempo.

Me han dicho que este juego es el GTA del Oeste -, afirma el comprador con un entusiasmo desmedido. – Bueno, no exactamente. Se trata más bien de…-. -¿Y porqué lo vendes?- Su pregunta me pillo desprevenido. Desprevenido al ver que únicamente tenía buenas palabras para esa obra de RockStar de la que me estaba desprendiendo. Y solo pude recurrir a una clásica y tangencial respuesta –no tengo, ni nunca tendré tiempo a acabarme este juego.-

Que el bosque no te impida ver el árbol

Semanas antes, esa fue la primera premisa que nos impusimos al empezar la nueva y mastodóntica obra de RockStar, únicamente misiones principales.

El título te empuja reaccionar de forma casi instintiva a cualquier llamada de auxilio, socorro, ayuda o necesidad sin valorar la inmersión del jugador.

Las distracciones eran constantes. Un compañero de la banda, una damisela en apuros en medio del camino, un tiroteo aquí, otro allá, caza, alimenta al campamento, etc. Iconos y manchas blancas en el mapa abrumaban a cada paso. ¿Nos perderemos algo relevante de tal personaje si no hacemos sus secundarias?, ¿será la misma experiencia al final del viaje? Las dudas nos asaltaban y, al final, caías en la trampa. Hipotecar tu tiempo por conocer esa porción de la historia. El bosque nos impidió ver el árbol y finalmente nuestro interés por la historia de Dutch, Arthur y compañía empezó a decrecer.

«Welcome to Westworld»

Casi por casualidad, de forma algo más apresurada de lo que nos caracteriza, aterrizamos en Los Angeles. Es Julio de 2019 y, poco a poco, las 4 ruedas de nuestro Jeep nos van separando de la Big Sur. Los paisajes de LA, Malibu, Monterey, Santa Cruz, San Francisco dejan paso a la frondosa vegetación del valle de Yosemite y Mammoth Lakes. Desde esta bonita localidad de montaña, y tomando el desvío de la CA-270E, uno puede llegar al antiguo pueblo de Bodie.

Para muchos la puerta al imaginario americano del salvaje oeste. Llegamos a media tarde y el pueblo -ahora atracción turística- iba a cerrar sus puertas en breve. Esto nos permitió recorrer sus calles sin prácticamente la presencia de más turistas que nosotros mismos. Sus calles nos transportaron de nuevo a Strawberry, Rhodes o Valentine.

Paseamos por sus calles, impregnandonos del olor de la madera vieja y el atardecer. El viento atravesaba las ventanas rotas colándose sin invitación en aquella vieja cantina que llevaba décadas cerrada y que solo el polvo y la arena tenían derecho a regentar. No resultaba difícil imaginarse al viejo Arthur y compañía en aquella sucia y oscura barra mientras tramaban su siguiente golpe.

Esta sensación de déjà vu nos acompañó el resto del viaje a lo largo de decenas de localizaciones. Supimos entonces que volver a Red Dead Redemption 2 sería más fàcil ahora que «habíamos estado allí». Era el aliciente que nos faltaba. Habíamos hecho el click.

#yomequedoencasa

Y a pesar de que el tiempo seguía siendo un handicap, eso no nos impedió hacernos con una nueva copia del juego. Y el día 14 de marzo de 2020 le dimos la oportunidad definitiva.

Como mundo abierto, Red Dead Redemption 2 es el título mejor acabado de la generación actual, integrando al jugador con los elementos que lo componen.

El confinamiento nos empezaba a privar de muchas libertades pero también nos ofreció la disponibilidad para saldar esta deuda pendiente.

Retomando la aventura desde el segundo capítulo y, esta vez sí, completando estrictamente las misiones principales, esta oda al western nos invadió en todo su esplendor. Recordabamos aquellos desiertos visitados hacía unos meses, sus olores, su gente, sus atardeceres. Podíamos sentir lo que Arthur y John sentían al cabalgar por el gintasteco escenario. Las misiones se sucedían con una soltura nada característica del género del sandbox. Cómo si de una obra de John Ford o Sergio Leone se tratase, disfrutabamos de cada conversación, de cada personaje, de cada situación. De principio a fin.

Y vimos un último amanecer

Emocionándonos y empatizando con la banda de Dutch, con sus situaciones, sus vivencias y sus sentimientos. Pasando minutos enteros simplemente contemplando el horizonte a lomos de nuestro caballo, tomando el café de la mañana o perfilando nuestra barba frente al espejo. Al final, cuando llegamos al ocaso de nuestra aventura, lo que menos nos preocupaba era el tiempo que le habíamos invertido, cada minuto había valido la pena por una simple razón.

Nosotros habíamos estado allí.

Publicado en Artículo Opinión